MISIÓN, VISIÓN Y VALORES DE SER PADRES

Hace escasas semanas hablé con una buena amiga sobre la determinación de formar una familia con hijos y cómo afrontar cada parte del camino sin volverte loca, discutir con tu marido o pareja a diario, vivir en el caos y en la improvisación constante. Con la tranquilidad y naturalidad que le caracteriza a mi amiga me contaba que tanto ella como su marido marido tenían una idea muy nítida sobre cómo querían que fuera su hija con 20 años y eso les aportaba una estrategia muy clara, dejando el estrés y el caos de lado, es decir, tanto ella como él toman pequeñas decisiones diariamente que les ayudan a cumplir objetivos que les acercan a la meta final. El gran premio será tener una hija autónoma, respetuosa y con una series de valores. Y es entonces cuando lo vi claro. Tener un hijo se parece mucho a crear una empresa, y más concretamente a la fase inicial, obviando por supuesto que tener un bebé es lo más maravilloso del mundo para quien lo desea.

Perdonadme a quien le pueda ofender mi manera de simplificar las cosas como bien haría un matemático, pero a menudo necesito resumir algunas cuestiones y debates de la vida para ser más feliz. Emprender el camino de formar una familia teniendo un bebé y comenzar el proceso de levantar una empresa tienen para mi un paralelismo gratificante. Visiblemente, la declaración explicita y compartida por todos los skateholders (empleados, socios, clientes, etc.) de su misión, visión y valores de una empresa, y el acuerdo y el compromiso de un padre y una madre (o dos madres o dos padres) en la decisión de tener hijos y cómo liderar el camino de la educación a largo plazo tienen un parecido razonable. En ambos casos, saben quienes son, quienes quieren ser en un futuro y los valores que tienen para conseguirlo.

La visión define las metas que queremos alcanzar en un futuro. En teoría, tienen que ser metas realistas y alcanzables. Tiene que ser nuestra inspiración, algo con lo que podamos motivarnos. Para ello, nuestra obligación será preguntarnos en primer lugar: ¿qué queremos lograr? ¿dónde veo mi empresa en los próximos diez o veinte años? Y si hablamos sobre nosotros, sobre nuestra familia, nos preguntaremos: ¿dónde me veo y nos vemos como pareja en el futuro? ¿nos imaginamos con hijos? ¿qué tipo de familia queremos ser? Como apunte me gustaría decir, sin animo de meter miedo en el cuerpo, que no plantearse estas preguntas pueden tener a la larga consecuencias devastadoras. ¿Os imagináis que un buen día queréis cumplir vuestro sueño y que vuestro compañero o compañera no lo comparte o que incluso lo detesta?

La misión, cuando hablamos de la creación de una empresa, responde a la pregunta ¿cuál será nuestra razón de ser?, es decir, cuál será nuestra labor, nuestra particularidad o nuestro factor diferencial, y qué pretendemos hacer. Eso se tiene que concatenar con los objetivos y metas perseguidos, y las estrategias para lograrlos. Si nos vamos a la decisión de tener un bebé, ampliar la familia, nuestra primera pregunta será: ¿para qué? ¿cuál es nuestra meta? La visión antecede a la misión, sin visión no existe una misión. En otras palabras, la visión sería un enunciado más global y abarcativo y menos detallado. La visión es lo que soñamos y deseamos y la misión qué pretendemos hacer para alcanzar esa meta. Si mamá va hacia la izquierda y papá se dirige a la derecha difícilmente llegarán al mismo sitio. La ruta y la comunicación son tan importantes como decidir el destino.

La misión está vinculada con los valores centrales. Obviamente, serán los principios éticos que regirán todas las actividades de la empresa, desde cómo competir hasta el comportamiento de los empleados. Los valores configuran la personalidad de una empresa, no son los socios, no son los clientes, son todos. Y lo mismo ocurre en una familia, son todos, mamá, papá y lo hijos quienes ayudan a configurar la personalidad de la misma. Si es verdad que la ejemplaridad de esos valores siempre tiene que provenir desde la capa directiva en el caso de la empresa, y de los padres en el caso de la familia. Como ha quedado patente, tendremos que saber y estar seguros de nuestra respuesta a la pregunta: ¿cómo somos? ¿En qué creemos? Todo indistintamente de si tenemos o no tenemos creencias religiosas, reciclamos a diario o no lo hacemos, o incluso, si somos madridistas acérrimos o por el contrario, tenemos el carné de socio del equipo blaugrana.

Teniendo visión, misión y valores claros es más fácil trazar una linea recta. Afrontar los baches en el camino se hará un poquito más llevadero. Papá y mamá, mámá y mamá o papá y papá serán un equipo luchando por un sueño común. Sin “sacrificados”, sin “víctimas” y sin “caos”. La brújula está en cada uno de nosotros siempre y cuando tengamos claro cuál es la meta, dónde está situada y qué cosas estamos dispuestos a hacer para conseguirla.

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SIEMPRE SE VAN LOS MEJORES

Perdonarme, lectores, porque he pecado. He cometido el mayor de los pecados en el mundo blogger: abandonar mi blog temporalmente. Podría justificarme diciendo que han sido un cúmulo de cosas las que me han llevado a desplazar a mi blog de mis quehaceres, pero mentiría. La verdad es que perder a un ser querido bloquea indistintamente de si ya se ha pasado por esta situación anteriormente. No sabes qué hacer ni qué decir. De pronto te quedas sin palabras para los tuyos y para ti misma. Todos aquellos temas e ideas que quería compartir en el blog ya no me parecían interesantes o relevantes. Mis pensamientos y reflexiones han tenido una única protagonista: una mujer muy especial que supo impactar en la vida de muchos con su cariño, sus refranes y su risa.

Hasta sus últimos días decía las cosas que pensaba aunque siempre con una sutileza impecable. Te hacía reír con su propia risa porque la realidad es que nunca llegaba a terminar de contar un chiste. Siempre tenía en la recamara historias que compartir de hace cuarenta años, aunque ninguna sonaba a “historias de la mili”. A cada cual más original e insólita. Le gustaba, como a mi, guardar miles recortes de periódicos y tickets, piezas de papel para algunos y para otros, recuerdos de una bonita historia familiar. Y también le encantaba enchufar alguna tarde que otra el videoproyector super 8 para recordar aquellas vacaciones en Italia. Ella era la viva imagen de la valentía y la superación. Luchar contra un cáncer tras otro durante más de una década; perder la movilidad en las piernas y volverla a recuperar con mucho esfuerzo y el apoyo de su incondicional marido; aprender a reírse de una misma y afrontar la vida venga como venga. Esa es la lección que nos ha dejado.

Juntas hemos compartido muchas horas de programas de cotilleos y marujeos, aunque habrá a quien hoy todavía le pese. Solo ella y yo somos capaces de entender porqué tantas horas “perdidas” viendo y comentando todas esas historias de la prensa rosa. Decenas de viajes parloteando de lo  cotidiano sin pensar que un buen día ya no podríamos volver a hacerlo. Y aunque fuéramos y seamos nuera y suegra tengo que decir que nunca nos hemos sentido obligadas a las exigencias de esos roles. Ahí eramos y somos dos mujeres con suficiente capacidad para poner a los demás en el lugar que se merecen indistintamente de la procedencia sanguínea.

Esta no es ni será la primera vez que me enfrente al duelo de la muerte. Todos tenemos que pensar y sentir que la vida sigue aunque suene a frase manida. Es duro decir esto, pero la muerte es parte de la vida y aunque abrume este pensamiento, en el camino que nos queda por recorrer perderemos a muchos más. Por ello, debemos valorar y dar más importancia a nuestra propia vida. Vivir cada momento como si fuera el último y afrontar las adversidades sean cuales sean.

Hoy quiero terminar esta entrada confesando que estoy agradecida porque me quedo con el mejor de los regalos: su hijo, mi marido. En él me queda un pedacito de ella cuando se ríe o me mira. Y se que en muchos momentos se la echará en falta y en ese instante me acordaré de lo que me dijo mi padre cuando murió mi abuelo: “el amor y los recuerdos de nuestros ser queridos pueden vivir eternamente en nuestro corazón”.

VAMPIROS EMOCIONALES

Todos tenemos un manipulador o manipuladora en nuestras vidas. Sí, es triste, pero es así.  En algún momento de nuestra vida  todos nos hemos topado o nos toparemos con el o la manipuladora. Hay manipuladores en nuestro trabajo, jefes o compañeros de oficina, en nuestras amistades y, sobre todo, en nuestra familia. Albert J. Bernstein, psicólogo clínico y periodista, los describe como vampiros emocionales y aunque el término puede parecer exagerado, en ocasiones, para mí, se queda corto. “Están ahí afuera, disfrazados como gente normal hasta que sus necesidades internas los convierten en depredadores. No buscan nuestra sangre, sino nuestra energía emocional”.

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¿Existe alguien a quién evitas o esquivas, ya sea en persona o por teléfono? ¿Hay alguien a quién te cuesta mucho trabajo devolverle una llamada, porque la sola idea de hablar con él o ella te cansa y te supone un sobreesfuerzo? ¿Solo pensar en acudir a un evento o reunión en el que esa persona está invitada te tensa y no sabes explicar el por qué? Si has respondido a cualquiera de las preguntas con un sí, tienes un tu vida un vampiro emocional o, lo que es lo mismo, un manipulador o manipuladora. Y te está intoxicando.

Compartir tu vida con esas personas debería estar contraindicado por su efecto nocivo sobre la salud mental. Su objetivo es debilitar tu autoconfianza. Destruirte desde dentro sin que tú te des cuenta. La relación con esa persona te estresa, te deja agotada, te deprime, te apaga y de verdad influye negativamente en tu salud. Menos mal que como dicen: “nunca es tarde si la dicha es buena”. Y yo ya hace algún tiempo que había emprendido mi propia cruzada contra la manipulación cuando el libro de Albert llegó a mis manos. Una vez que eres consciente de que te han hipnotizado y te están envenenando, lo primero es reconocerlo y sacarlo a la luz. No es que el manipulador se vaya a derretir y, por tanto, desaparecer, pero por lo menos no permitirás que siga abusando de ti.

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Después de leer el libro me di cuenta de que, por fortuna o por desgracia, me he topado con toda la fauna y flora de los vampiros emocionales. La que me hizo comenzar mi lucha fue una vampira antisocial, que con el tiempo fue descubierta y expuesta a la luz por el bienestar emocional de mi familia. Quieren cualquier cosa que tengas, aunque no tengas ni un duro, y no les importa mentir para obtener aquello que desean. Recurren a una estratagema muy elaborada para mover a cada persona como una marioneta con tal de conseguir lo que quieren.

Tener en tu vida a una vampira puritana a la que quieres es sumamente difícil. Y más cuando ha tratado de controlar ya a tres generaciones. Se ha convertido en toda una controladora de almas. Son hipócritas con opiniones contradictorias. De alguna manera te hacen vivir un infierno para llevarte al cielo. Son la clase de persona que siempre te dice que estás haciendo algo mal. Las armas de esta vampira son los ataques verbales contra la percepción de nosotras mismas como personas morales y seguras. Algunas veces utilizan a una tercera persona para cuestionar tu matrimonio, tu capacidad como madre o tu profesionalidad. Y otras se hacen las dolidas, las preocupadas o las víctimas de un conflicto provocado por ellas mismas. Un arma psicológica muy eficaz a la que cualquier persona podemos ser vulnerable.

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Sin duda alguna, a la que ahora me gustaría tener más bien lejos es a la vampira narcisista. Le encanta vivir su fantasía personal en la que es la persona más inteligente y talentosa del mundo. Es capaz de ir a un programa de televisión y no dar ni una y aún así creerse una superestrella. No pierde ni un minuto en hacer sentir de menos a los demás. Comienza proyectos que nunca termina porque no puede hacer cosas que requieren remangarse o aceptar consejos de expertos. Dos minutos de conversación y ya corres el riesgo de convertirte en ella. En su familia es más temida que querida. En gran parte esto es así por miedo a que destruya la moral de alguno.

Como estrategia exitosa contra todos estos vampiros emocionales recomiendo establecer límites. Piensa por un momento que ésta podría ser una buena oportunidad para construir nuestra particular muralla China. Esa muralla te ahorrará el desgaste emocional de una lucha constante. Además, en todo momento debes estar preparada para cualquier suceso, ser consistente de ello y mantener el discurso con esa persona al mínimo. También, si la relación es importante para ti, recompensar la buena conducta y soslayar la mala y, de vez en cuando, castigarlos. Pero sobre todo: be careful! El mordisco de un vampiro puede convertirte en uno.

¿ES EL FIN DE LA FAMILIA?

Después de muchas conversaciones con hermanas, amigas y conocidas, todas coincidimos en que, sin lugar a dudas, la pareja es el punto de partida de la familia. En el momento en el que se constituye, la familia se compone de dos miembros y tienen su historia, más larga o más corta, con mayor o menor comprensión empática, un nivel determinado de congruencia o autenticidad y un sistema comunicativo privilegiado, pero también, frágil. Y digo frágil porque existe una delgada línea, invisible, impalpable e imaginaria que separa la crítica constructiva de la crítica corrosiva, la falta de respeto o el desprecio. Es muy fácil cruzarla si no se construyen medios de comunicación seguros en la pareja.

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Lamentablemente, no todas las familias han tenido la oportunidad de tener un largo recorrido antes de sumar niños y, sobretodo, aquellas que se crean un poco de forma accidental por la llegada de un bebé no planificado. Desde mi punto de vista, creo, sinceramente, que es necesario un recorrido previo en la pareja para evitar un problema de comunicación que, a posteriori, pueda terminar por provocar una fisura incurable o una ruptura  definitiva. Y con recorrido previo no me refiero a un número determinado de años, sino a dedicar tiempo a transitar por cada una de las etapas del noviazgo antes de dar el gran paso. Durante ese tiempo potenciaremos el compromiso, conoceremos el lenguaje del otro y estableceremos medios de comunicación seguros que permitan manifestar siempre la opinión propia sin que el otro se sienta rechazado u ofendido.

Al nacer el bebé cada miembro de la pareja debe asimilar un nuevo rol. El rol de ser padres. Y aunque esto aún no lo he podido vivir en mis propias carnes, veo a diario como a otros adultos el trabajo de cuidar y alimentar al bebé les absorbe por completo. La frase que más les escucho a diario es la de: “no tengo tiempo para nada”. No les queda ni un minuto para que, al final del día, la semana o el mes, puedan disfrutar de estar juntos como pareja. Pueden pasar horas en la misma habitación, pero no están presentes como pareja, no hay tiempo para el diálogo ni para desarrollar el rol de pareja. Y es que, a diferencia de lo que se cree, el nuevo rol de padres no elimina los anteriores, es sumativo. Somos hijos, pareja, amigos y, ahora, padres.

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Exigencias y estrés en el trabajo, tareas domésticas, vida social, los hijos, y la pareja nos obligan a tener roles diferentes a lo largo de las 24 horas que tiene un día. A menudo los adultos tenemos la sensación de estar corriendo una maratón agotadora e interminable en la que por el camino tenemos que ir tirando roles por la borda porque no llegamos con todo el equipaje a la meta y, cuando llegamos a duras penas con todos (madre, trabajadora, vecina, amiga, etc.), nos enfrentamos a la dura realidad. No hemos cumplido con las expectativas. Nos ponemos a repasar y pensamos: hoy he sido madre, me he sentido realizada en el trabajo, escuché a mi amiga hablarme sobre su problema, fui una vecina generosa y… ¡MIERDA! Ese día, se te olvidó ser esposa. Se nos olvidó dedicarle unos minutos a la persona con quien empezamos una familia.

Hoy todos queremos ser papás y mamás modernos, pero se nos olvida que esta modernidad también nos ha vuelto socialmente más complejos. Hombres y mujeres trabajamos fuera de casa, somos responsables de la economía doméstica, participamos en el cuidado de los hijos y nos repartimos tareas del hogar. Sin embargo, a menudo sentimos que nuestras necesidades no están satisfechas, no nos sentimos escuchados, nos vemos obligados a representar cierto papel que no nos agrada o que no tenemos derecho a manifestar ciertos sentimientos por qué no encajan con la idea que tiene la sociedad hoy en día de nuestro género. ¿Por qué es así?

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Investigando acerca de  las necesidades que tienen las madres primerizas cuando se enfrentan a los cuidados del bebé, leí en una revista sobre “Crecimiento Positivo” que  la vida consiste en cambiar continuamente. Hay que procurar ser conscientes de los cambios que acontecen a nuestro alrededor y de este modo intentar cambiar en la dirección que deseamos, en lugar de la dirección que otros o la sociedad desean para nosotros. No todas queremos ser la dama de hierro, ambiciosa en el trabajo, firme en la educación de los hijos y tener un esclavo en casa. A veces escoger estar en casa con los hijos después de haber despuntado en tu profesión o que tu marido exprese abiertamente que lo que realmente le hace feliz es proveer a la familia hace poner el grito en el cielo a alguna hembrista que ven en este deseo personal un retroceso en la evolución de la especie. Y yo pienso que es todo lo contrario. Se llama libre elección.

La presión de la modernidad social, a algunos, no nos permite ir en la dirección que deseamos, ser flexibles ante los cambios del entorno ni alcanzar nuestros sueños. Siendo madres y esposas también demostramos valía y somos luchadoras. Todas somos igual de válidas decidiendo qué queremos hacer y cómo. La elección de algunas mujeres de abandonar su trabajo y quedarse en casa es igual de válida de la que decide no tener hijos, luchar por ser la primera mujer en llegar a la luna o ser célibe toda su vida.

Hoy quiero finiquitar con aquello con lo que empecé: la importancia de la pareja. Para que el vínculo de la pareja, los cimientos de la familia, se mantengan sólidos, ninguno atraviese la línea imaginaria del respeto y seamos felices, es necesario permitir al otro ser quién es, quien necesita ser y, porqué no, quien sueña ser. Y, en ese vuelo libre, cuando somos conscientes de nosotros mismos, elegimos regresar al espacio compartido, el que creamos juntos, porque también encontramos sentido al camino que estamos recorriendo.  Cuando evitamos la rigidez de los roles podemos hacer frente al reto más difícil de todos: construir un espacio en el que la pareja y los hijos se desarrollen mediante el diálogo constante.

MIENTRAS MÁS CONOZCO A LA GENTE MÁS QUIERO A MI GATO

La frase original es de Diógenes de Sínope, filósofo griego, y es así: “Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”.  Se dice de Diógenes que vivía en una tinaja, en lugar de una casa, y que de día caminaba por las calles con una linterna encendida diciendo que “buscaba hombres” (honestos). Sin embargo, en mi caso, voy a sustituir “perro” por “gato” en honor a Morgan, mi fiel amigo felino.

No es que hoy sea uno de esos días en los que me levanto enfadada con el mundo y odiando a la gente (o por lo menos no a toda). Tampoco me he planteado aislarme en casa con miles de gatos y acumular un millón de trastos y mierda. No, hoy es el día en el que puedo confirmar cuan nobles son los animales y cuanto amor llevan dentro.

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Aún recuerdo el día en el que vi por primera vez a Morgan en la página de Facebook de Aspap, la Asociación Salmantina Protectora de Animales y Plantas. Aparecía en una foto junto a dos gatitos más y los llamaban las tres nubecitas blancas. Morgan (inicialmente bautizado como Hudolf) fue abandonado y vivía encima de los coches para evitar ser atacado por los perros. Su pelaje blanco parecía negro, le faltaban algunos kilos y vivía con miedo. Menos mal que él nunca rechaza unas palabras amables y cuando Ana, voluntaria de Aspap, se acercó a él, se quedó a la espera de una muestra de cariño. Ella le bautizó como Huldolf, El Príncipe Blanco, y se lo llevó a casa. Quería encontrarle una familia que le diera todo el amor que él necesita.

Tengo que reconocer que hasta la fecha, a pesar de mucha insistencia de mi marido, no me hacía mucha gracia eso de meter un gato en casa. Pero como dicen: “el amor es ciego”; y toda la lista de inconvenientes que me había imaginado desparecieron cuando llegó a nuestro hogar. Vi la foto de Hudolf (ahora, Morgan) y sentí una conexión inmediata con él. Su mirada, su postura y su pelo me enamoraron y en cuanto terminé de leer su historia en Facebook marqué el número de teléfono de la protectora. Puede sonar a impulso irracional pero creerme, no fue así. Él era la pieza que me faltaba en mi pequeño puzzle sin yo saberlo.

No podía dejar que pasara ni un solo día más en el refugio. Sentía que, aunque estuviera con otros amigos gatunos y muy bien cuidado por todos los miembros y voluntarios de Aspap, no estaba con su verdadera familia. Él estaba destinado a ser un miembro de la nuestra. De modo que mi marido y yo acudimos esa misma semana a verle al refugio. Nos recibió Fredes, encargada de Aspap, y nos explicó que, así como tienen a menudo adoptantes para perros, apenas hay para los gatos. Hay un sinfín de mitos sobre los gatos y más sobre los que ya son adultos.

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Erróneamente se piensa que si incorporas a tu casa un gatito joven la relación gato-dueño será más sólida y fácil, pero no tiene porque ser así. Nuestro caso finalmente fue un claro ejemplo. Una de las ventajas de adoptar gatos adultos es que están socializados, porque muchos gatos abandonados ya están acostumbrados a vivir en familia. Además, están educados, saben donde rascar, donde no, y no hacen tantas trastadas.  Su personalidad está plenamente desarrollada y después de haber vivido alguna situación traumática solo buscan amor. Es una pena que la gente piense que los gatos mayores no se saben adaptar, puesto que este prejuicio es de los más difíciles de erradicar y perjudica mucho a los gatos adultos que esperan en los refugios y perreras sin la esperanza de salir de allí.

También he escuchado que los gatos no son cariñosos. Los gatos son muy mimosos y limpios. Se rozan con tus piernas constantemente, ronronean, ponen caritas para faciliarte el acceso a las zonas donde desean que se les acaricie o se acurrucan en tu ropa cuando no estás para sentirte cerca. De hecho, Morgan es el primero en saber cuando estoy enferma. Si necesito guardar cama no se separa ni un minuto de mi lado y posa su patita encima de mi mano, como si con el simple hecho de hacer ese gesto me transmitiera fuerzas.

Recuerdo que todo el mundo me decía: “Sí, es mejor un gato, son más independientes, te puedes despreocupar”. Hasta donde yo sé, si nos despreocupamos de un amigo, lo perdemos. Tener un gato, un perro, un hurón o un conejo es un compromiso a largo plazo. No se le puede considerar un juguete, es un miembro más de la familia. Un animal nunca debería ser un regalo. Un regalo es un juguete, un viaje o unas entradas para un concierto. Tampoco deberíamos llamarlo “mascota”. Quizás si dejamos de llamarlos así podamos dejar de asociar perro o gato a juguete.

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Todos los días a las 8 de la mañana escucho un “PRRUUU” y a su manera, Morgan, me da un besito esquimal con su naricita rosa. Necesita, si no es mucho pedir, ir a desayunar con su amiga. Tener un animal no es tener una posesión. Es construir una relación de protección, respeto y amistad. Morgan es ese amigo incondicional incapaz de traicionarte que siempre te espera en casa y te va a despedir a la puerta. Él vivirá por unos años, pero su cariño y recuerdo perdurará siempre. Y es que la verdadera amistad no distingue de especies.

Hoy me quedo con que los buenos amigos no se escogen, se encuentran. Quiero destacar la increíble labor que hacen hombres y mujeres en Aspap, que de lunes a viernes van a trabajar, cuidan de sus familias y sacan tiempo para acudir al refugio, luchar por la construcción de uno nuevo, sacar adelante a sus amigos perrunos y gatunos, alimentarles, llevarles al veterinario, lavarlos, darles mimos y buscarles un hogar que les asegure una vida digna. Enhorabuena a todos aquellos que tenemos el privilegio de tener un amigo animal.

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