AYUDAR NO CUESTA NADA ¿O SÍ?

¿Por qué nos cuesta tanto pararnos un segundo y ayudar al hombre ciego en un semáforo o a la señora mayor que va cargada con las bolsas de la compra y no puede abrir la puerta de su casa? ¿Qué nos supone ayudar a la chica que intenta subir el carrito del bebé al autobús o ceder nuestro asiento a una embarazada? Hace no mucho paseaba con mi marido por el centro de la ciudad de Salamanca y vimos a un hombre cargado con una caja enorme. Le era imposible abrir la puerta del portal a la vez que sostenía la caja. Junto a él paseaban parejas, niños y mayores. Todos le miraban mientras pensaban en lo difícil que lo tenía el hombre para entrar en el portal. Sin embargo, nadie le ayudaba. Fue mi marido el único que se paró y le abrió la puerta para que el hombre pudiera entrar con la caja pesada. Nos quedamos tan impactados que hablamos de ello todo el camino. Si los humanos somos seres sociables y necesitamos de los demás para sobrevivir, ¿por qué nos comportamos así? ¿Tiene alguien que pedirnos ayuda desesperadamente para que acudamos en su auxilio? ¿Ya no existen los buenos samaritanos? ¿Nos importa realmente el bienestar de los demás? ¿Tanto nos cuesta ayudar a las personas?

Creo que si algo bueno nos ha traído la crisis (y seguramente será lo único) es la visibilidad que han obtenido los buenos samaritanos en detrimento de un menor número de noticias sobre masacres o frivolidades.  El cambio no ha sido muy grande, pero para mi es significativo. He visto en la televisión, en la prensa y a mi alrededor gente con ganas de expresar cercanía, solidaridad y afecto a otros que tienen más, lo mismo o nada porque ya lo han perdido todo. Gente que ha puesto esfuerzo, tiempo, atención y hasta dinero para que otra persona pueda, si no vivir bien, por lo menos hacerlo dignamente. Por otro lado, también hay a quienes esta situación no les ha cambiado en absoluto y siguen con el motor de la solidaridad y la comunidad apagado. Siguen pensando que lo mejor es barrer para casa, que las mentiras nos dan pequeñas ventajas sobre el compañero y que en el amor y en la guerra todo vale. Algunos incluso han echado más gasolina al motor del egoísmo. La idea de que haya menos oportunidades les ha hecho enloquecer viendo en todos los demás a sus enemigos.

El caso es que mis dudas sobre dónde se habían ido los buenos samaritanos y por qué unos lo son y otros no han estado conmigo durante varios días. De pronto, hoy, buscando referencias y precios del libro de Elsa Punset “Una mochila para el universo. 21 rutas para vivir con nuestras emociones” me topé con una entrevista que contenía ya un atisbo de respuesta. En ella, Elsa, psicóloga y filósofa, hablaba la teoría de la solidaridad. Hace un año había puesto en marcho un estudio para saber qué motivaba a la gente a ayudar a los demás y qué sensación les daba ayudar. Entre sus conclusiones sostenía que la maldad no es innata. Decía que  todos “tenemos una tendencia moral al altruismo. Nacemos con la capacidad de querer ayudar a los demás, aunque la recompensa no sea evidente. El altruismo es innato en los seres humanos y también es aprendido, por lo que podemos potenciarlo o ahogarlo”.

Entonces me asaltó otra duda: ¿el altruismo se puede potenciar o ahogar cuando vivimos un periodo de crisis en el que prima la supervivencia? A priori se puede pensar que cuando vivimos dificultades o estamos en modo supervivencia se sigue la ley de “tonto el último”. Sin embargo, ella comentaba que como especie tenemos mucho éxito. Desde 1950, hemos pasado de poco más de 2.000 millones de personas a casi 7.000 millones. Uno de los factores que más ha influido es la capacidad de ponernos en el lugar de los demás, es decir, la empatía. La evolución ha favorecido que seamos altruistas, aunque también estamos programados para preservarnos a nosotros mismos”. De modo la crisis que todos padecemos no es motivo suficiente para tener un comportamiento egoísta y aún así, lo tenemos. ¿Por qué? Pues por los mismos motivos de siempre: o por miedo o por amor. Y en este caso el miedo es el culpable. De nuevo me topo con que el miedo es el culpable de alguna mala conducta. Elsa explica en su entrevista que “el problema del miedo es que tenemos un cerebro tremendamente sofisticado, los humanos somos muy dados a mirar hacia adelante, a prever y a recordar; y cuando te pasas el tiempo previendo y recordando, amplificas muchísimo los recuerdos del miedo y tienes el cuerpo funcionando, constantemente, como con esta alarma [cuidado, cuidado]”.

Quienes no tienen estos miedos tienen una mente más abierta y una mayor capacidad para generar oportunidades. Son capaces de adentrarse sin miedos en la “ruta de la gratitud”. Y como demuestra el estudio, tienen más capacidad para atraer la buena suerte y conseguir un bienestar emocional. Por tanto, de alguna manera ayudar tiene su recompensa. También leía hace poco en un revista de divulgación científica, no recuerdo el nombre, que ayudar a la comunidad combate el aburrimiento, mitiga el déficit de atención y alarga la vida. Por el contrario, estar centrados en nosotros mismos, nos vuelve poco generosos y por tanto, nuestras posibilidades de mejorar en todos los terrenos se ven reducidas. Pero, ¿y si realmente quieres ayudar y no tienes dinero porque a ti ya te cuesta llegar a fin de mes?

Ayudar no significa regalar dinero. Ayudar significa dar a los demás lo que necesitan o prestar cooperación en un sentido amplio. Ayudar puede ser donar nuestro tiempo a una persona mayor, compartir nuestro conocimiento para que alguien pueda desarrollar su propio proyecto, o poner nuestros medios para que alguien llegue a donde desea a tiempo. Y no solo a nuestro círculo, sino a la comunidad, a toda persona, a todo ser humano. Cuanto más amplia sea la red, mayor será la recompensa. El simple gesto de abrirle a puerta a un persona o ceder nuestro asiento en el autobús puede ser un comienzo.

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