QUIERO SER PERFECTA

Hoy, colocando libros, topé con esta frase de Pascal Pensées: “cuando pretendes practicar las virtudes hasta el extremo, aparecen los vicios… Criticamos a la perfección misma”. Creo que, por fin, he entendido el significado completo de la frase. Hasta hace no mucho la tendencia hacia el perfeccionismo me tenía muy ocupada mañana, tarde y noche como para reparar en frases como esta. Los detalles lo eran todo, en un informe o doblando la ropa. No podía presentar un trabajo en la facultad si no estaba perfecto, aunque eso significara empezar a hacerlo dos meses antes que el resto. Me resultaba embarazosa cualquier situación tensa en la que se pudiera perder el control  y mostrarme demasiado emocional. Lo importante era la autodisciplina y lo último mi realización personal.

post perfeccionismo

Quienes siguen en esa senda intentan salvaguardar una apariencia de equilibrio y autoconfianza, pero ocultan angustia, sufrimiento y una confusión desesperante. Les nace de dentro la necesidad de ejercer control sobre cualquier cosa. Tienen miedo a cometer errores o tomar una decisión no acertada. En cada prueba deben alcanzar el diez. La obsesión por el orden o la rutina firmemente establecida no les deja descansar ni un minuto. La reserva emocional no la tienen solo contigo, la tienen con todos. Se someten todos los días de su vida a sus preocupaciones y dudas. Son cabezotas, tercos, testarudos… obsesos.

En su libro La obsesión del perfeccionismo, Allan E. Mallinger y Jeannette de Wyze  hablan del trabajo como mecanismo de protección. Cuando intentas alcanzar la perfección día a día, el trabajo puede servir para protegerte de algo que prefieres evitar. Te proporciona una noble excusa para evitar tus exigencias personales, exigencias que de otro modo te verías obligado a satisfacer. El trabajo te puede proteger de la conciencia de tus propias emociones. Hasta el punto de tener miedo a marcharte de vacaciones por si pierdes control en cuestiones de política interna de la empresa o si algo no se hace a tu modo. Tienes la agenda diaria atiborrada, necesitas sentir que te ganas el pan. Tu lista de cosas que hacer es infinita y no hay horas disponibles en el día para ellas. De alguna manera piensas que el sacrificio que haces ahora, privándote de tus verdaderos deseos, te recompensará en un futuro. No sabes como, pero piensas que sucederá.

post perfeccionismo 2

Es normal estar preocupada, estamos en crisis y si no te preocupa algo, la televisión, un vecino o tu móvil te recuerda que tienes algo de lo qué preocuparte. Sin embargo, estar preocupada todos los días y a todas horas, no es normal. ¿Te preocupa quedar con una amiga y que no te de tiempo a llegar a casa para limpiarla desde la puerta hasta el último rincón aunque ayer hiciste limpieza exhaustiva? ¿Estás todo el día preocupada por cómo harás por pagar las facturas el próximo año si te despiden y quiebra el mercado? ¿Crees que si te preocupas por las cosas serás más eficiente? ¿Envidias a esa gente que no se preocupa por nada?

Las recompensas de ese comportamiento son muchas: seguridad económica, éxito, respeto de compañeros y amigos, ninguna multa de tráfico… pero el sacrificio es enorme. Pierdes tu intimidad, tu autenticidad emocional, tu autoestima. En definitiva, te pierdes tú. “Caer en un hábito es empezar a dejar de ser” como decía Miguel de Unamuno. Si amas la vida debes cuidar los escasos y exquisitos momentos de ocio que tengas. Las horas dedicadas a leer o jugar con tus hijos deben ser tan sagradas como las horas dedicadas a los negocios.

Y con todo esto hoy solo quiero decir que el cambio es posible, que hay muchas personas a nuestro alrededor dispuestas a brindar comprensión y también, grandes profesionales con los que entablar un diálogo. Hay esperanza amigas. Podéis dejar de estar aprisionadas en las garras de la obsesión del perfeccionismo. El paso más importante lo puedes dar ahora mismo: reconocer que la fuente de la infelicidad no es el dinero, los defectos de tu pareja o tu jefe, sino algo que tienes dentro: el perfeccionismo, la adicción al trabajo, la rigidez o cabezonería.

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