UN LUGAR LLAMADO ID NASSER (ÁFRICA) PARTE II

Con falta de sueño y hambre realmente me costaba distinguir si lo que veían mis ojos era una alucinación o la realidad. Jesús, el director de Casa Escuela Santiago Uno, se aventuró a realizar una rueda de reconocimiento del entorno de cinco minutos. Yo, cinco minutos después, seguía aún algo perpleja, tengo que reconocerlo. A continuación, el director sacó fuerzas de alguna parte y puso en marcha a todo el mundo, desde educadores, trabajadores, alumnos a voluntarios para cumplir on time con los objetivos marcados para el proyecto y finalmente, dar a los chicos el premio por el trabajo realizado durante 2 meses. Premio que consistía en llevarles a un zoco y comprarse ropa por valor de 100 euros. Aunque el premio real era vivir una aventura sin igual, convertirse en auténticos héroes y disfrutar de una experiencia inolvidable, donde no faltó el cariño y la ternura que a muchos les faltaba.

Llegamos a las ocho hora española y no había un minuto que perder. Después de una breve asamblea todo el personal estábamos divididos por equipos para completar el trabajo restante del grupo anterior. Equipo que había trabajado duramente y había dejado el listón muy alto. Nosotros eramos los últimos y los equipos anteriores habían derrochado muchas horas, sudor y creatividad. Teníamos unos diez días para cumplir el objetivo propuesto y dar una fiesta por todo lo alto para el pueblo y autoridades, ya que el resto de días hasta el día uno de septiembre estaríamos viajando cerca de la costa hasta Tánger.

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Durante mi primer día me tocó hacer limpieza en una de las aulas que usaríamos como cocina y comedor. Otros, hicieron limpieza en las haimas árabes, pintaron, soldaron… todos trabajando bajo el sol africano. Por la tarde, acudimos al estudio y empezamos a conocer a los chicos y a las gentes del lugar. Niños, padres, madres, jóvenes… todos acudían a las cuatro de la tarde a la escuela. Ésta se había convertido en el lugar de referencia, un lugar para estudiar, jugar a diferentes deportes, pintar, reír, charlar con mujeres, aprender a coser, o hacerte una revisión médica!

El primer día fue muy bonito e intenso, pero los siguientes fueron aún mejores. Poco a poco, la otra voluntaria, Laura, y yo pudimos trabajar en otros ámbitos que no fueran la cocina o la pintura. Junto con un par de chicos y chicas del centro de Santiago Uno hicimos cemento para construir un pati, como decimos en Salamanca (rayuela como se dice en América Latina, palet en Girona o txingo en el País Vasco); hicimos grafitis en los muros de la escuela para llenarla de luces y colores que dejasen el recuerdo del trabajo que realizamos aquel verano; enseñamos a los niños de entre dos y ocho años cómo decir los números en castellano, repasamos las sumas y restas; y yo comencé a dar el taller de costura para las mujeres junto a Toñi, la administrativo de Santiago Uno.

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Nunca me habría imaginado cuánto podía dar de sí un taller de costura en aquel pequeño pueblecito de Marruecos. No eran dos horas de clase sobre el uso de la máquina de coser eléctrica y las técnicas y trucos de costura. Era un refugio para las mujeres del pueblo, un lugar de uso y disfrute exclusivamente para ellas, donde poder dar rienda suelta a su creatividad y charlar distendidamente de sus rutinas, sus dudas y miedos.

Todos los días había grupos que construían un tobogán, unos columpios y un sube y baja, tanto para la escuela en la que nos encontrabamos como para otras cercanas; impartían clase de español y árabe a los mayores; preparaban la comida de ese día o la cena; llevaban a los niños del pueblo a ver la playa por primera vez; regalaban ropa a las madres, a sus maridos y niños; y se entregaban medicinas y material escolar a la vez que se les enseñaba a gestionar por ellos mismos el centro médico y la dinámica de la escuela.

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Por las noches, aunque muchos ya no podíamos con nuestro cansancio, nos quedábamos charlando con los educadores, los menores y las mujeres del pueblo. E incluso, cuando terminaba el taller de costura, las mujeres nos invitaban a sus casas para compartir lo poco que tenían y agradecerte la visita a su pueblo y el trabajo que estábamos haciendo no solo en la escuela, sino en varias casas que habían perdido parte de su tejado o necesitaban una mano de pintura.  Recuerdo una noche en la que una de las mujeres mayores del pueblo que asistía a mis clases de costura, Aisha, nos invitó a Toñi, Laura, y a mi a su casa. Nos hicieron el ritual del té, nos ofrecieron huevos cocidos, pán y galletitas saladas. Como todas las “abuelas”, estaba muy pendiente de si comías, qué comías y cuánto comías.  Ella te hacía sentir como en casa. Era una mujer risueña, muy activa y cariñosa. Su marido, en una esquina de la haima, nos intentaba contar, a través de su nieto que sabía algo de francés e inglés, que él había participado en la Guerra de Ifni. Entre señas, onomatopeyas, una escasa traducción y nuestra interpretación, entendimos que el señor había luchado contra los españoles bajo el Gobierno de Franco y primero con los franceses por la liberación del territorio de Ifni.

Aunque los últimos días fueron geniales y pudimos aprovechar para ver más lugares, vivir la experiencia de ducharse en un hamman, conducir motos de agua y regatear en un zoco, me quedo con los mil y un abrazamos que nos dieron y dimos el equipo a cada niño, mujer y hombre del pueblo. Afortunadamente para algunos, 25 en concreto, podrán venir a visitarnos en octubre a Salamanca. Otros deberán esperar un año más hasta vernos de nuevo en el proyecto de 2014. Aunque cada año se elige una nueva escuela, nunca se pierde el contacto con las anteriores ni la oportunidad de visitarlas y evaluar el crecimiento que han realizado por ellos mismos desde que les dijimos “hasta pronto”.

Esto no ha sido un proyecto en el que los occidentales, como superiores dominantes por las donaciones de material, recursos y tiempo, hacemos y deshacemos mientras nos compadecemos de los hijos de las tribus nómadas bereberes. Es un proyecto de cooperación y, como su nombre indica, es una acción conjunta. Árabes y españoles hemos trabajado por la reconstrucción de la escuela, por constituirla como un centro de formación profesional, un vivero de empresas y emprendedores, un refugio de mayores y pequeños, y un lugar donde se pueden hacer realidad sus sueños.

Muchas gracias a todo el equipo de educadores de Casa Escuela Santiago Uno, a los niños, niñas que acudían diariamente a la escuela de Ben Baja, a todas las mujeres de Id Nasser, que me hicieron pasar tan buenos momentos y en especial a Aisha, por su hospitalidad, cariño y carcajadas.

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