UN LUGAR LLAMADO ID NASSER (ÁFRICA) PARTE I

Después de duros años trabajando por y para una Startup, decidí cambiar de aires y el chip. Había escuchado la frase de “Trabajamos para vivir. No vivimos para trabajar”, pero nunca la había dotado de significado para mí. Creía que era un frase comodín de aquellos que seguían la ley del mínimo esfuerzo, de los que no estaban preparados para grandes responsabilidades y de los conformistas. No sabía cuánto albergaba aquel consejo. Y es que cuando tu día a día no te permite ni parar un instante y disfrutar de momentos con tus seres queridos, mirar a tu alrededor en busca de una mirada cómplice, observar a la gente siendo feliz con su rutina y escuchar sus historias tristes o alegres, desde mi punto de vista, es síntoma de que algo va mal. Sin embargo, salir de la compañía me aterraba, tenía la sensación de que era como cuando te tiras de un coche en marcha o cuando abandonas a tus compañeros de batalla porque sabes cuál es el duro final y deseas, egoístamente, ver amanecer un día más.

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Una vez fui consciente de cuál era la verdadera realidad y hacia donde me llevaba esa situación, me daba igual que la empresa fuera una de esas startups que prometía ser un gran éxito y se quedó por el camino por peleas entre cofundadores, pérdida de la filosofía que originó su creación, mala gestión, y un sinfín de historias más. Cuando vives de tal manera que te sientes encadenada y no puedes acudir allá donde dicta tu corazón es el momento de romper los grilletes que nos retienen y salir del barco porque éste, se hunde. Y yo no quería ahogarme. Quería vivir.

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Buscando expiar mis pecados, reencontrarme conmigo misma y ser feliz, fui a dar con Casa Escuela Santiago Uno. Es una entidad de los servicios sociales que ofrece esperanza a chicos y chicas que desde pequeños han pasado por situaciones difíciles, o han ido dando tumbos por la vida y ya se han visto cara a cara con un juez. No es un centro de menores al uso, su misión es “la de redefinir sueños, buscar al héroe que todos llevamos dentro y formarles para el empleo”, como bien nos explicó Jesús Garrote, Director de la organización, en la reunión informativa sobre “Misión Marruecos”.

A la reunión acudí con mi marido y después de escuchar hablar a Jesús, ninguno de los dos nos lo pensamos dos veces: queríamos ir y participar en el programa “De infractores a Misioneros” en Marruecos. El proyecto estaba dividido en cuatro grupos de educadores que trabajarían durante quince días seguidos con el objetivo de mejorar y recuperar las instalaciones escolares de Id Nasser. A los quince días, darían el cambio al grupo siguiente y regresarían a casa. En total, medio centenar de alumnos, educadores y voluntarios participarían en el proyecto solidario en el Sur de Marruecos.

Al encuentro inicial acudimos algo más de diez voluntarios a los que se nos pidió un compromiso con la entidad, el aprendizaje de al menos 100 palabras árabes antes de la partida, saber cinco de las once disciplinas requeridas (cocina, soldadura, pintura, electricidad, albañilería, horticultura, fontanería, apicultura, costura, medicina y peluquería), conocimientos para realizar talleres de expresión artística, habilidad para el trabajo en equipo y capacidad de liderazgo. Dominaba varias de las disciplinas solicitadas pero no estaba segura que fuéramos seleccionados, no encajábamos con la idea que yo tenía de los voluntarios que se marchan a África. Ya sabéis, esas ideas preconcebidas que nos permiten clasificar a las personas en urbanitas, ecologistas, mochileros…. Y mi idea del “voluntario” era la de aquel chico o chica ingenuo, seguramente con alguna que otra rastra, ropa a rayas o desteñida y vaqueros hecho de algodón reciclado. El caso es que ilusión no nos faltaba y un mes después de la reunión recibimos la llamada de Jesús para confirmarnos que estábamos dentro del proyecto.

Como sé como es mi familia, decidí no comunicarles nuestra intención de viajar al país africano hasta casi un mes antes del viaje. En España tenemos una idea de Marruecos ,y África en general, más que equivocada. Escuchas hablar de África como un lugar donde sólo hay guerras, machismo, secuestros, hambre… pero nada más lejos de la realidad. Hay sonrisas, ilusiones, sueños, respeto y una cultura muy rica. Sin embargo, por mucho que les expliques a los demás todo esto, siempre escuchaba lo mismo: “¿y qué vas a hacer allí?”, “¿y si te pasa algo?”, “¿cómo sabremos que estás bien?”, “¿te funcionará el teléfono móvil?”… Vamos, cualquiera diría que me iba al fin del mundo, y es que para quienes el mundo es su ciudad, o su país, Id Nasser estaba un poco lejos, por no decir que a mi madre le sonaba al típico sitio en el que te secuestran y piden un recate.

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Lamentablemente, mi marido no pudo participar en el programa porque en estos tiempos de crisis es difícil tomarse vacaciones. Y yo, que estaba decidida a respirar aires nuevos, marché sin él con el equipo de Casa Escuela Santiago a mediados de agosto rumbo a ese pueblecito de la provincia de Sidi ifni, en Marruecos.

El viaje duró nada menos que veintiséis interminables horas y tengo que reconocer que por la noche el paisaje no distaba mucho del de Castilla y León, con la salvedad de ver estaciones de servicio Afriquia cada cinco minutos. Llegamos al amanecer del día siguiente al de partida y entramos caminando en la escuela por unas puertas azules metálicas. En ese instante tuve una visión de lo que yo creía que sería el apocalipsis o la peli de Soy Leyenda con menos presupuesto, sin Nueva York y sin pastor alemán que nos protegiera. Parecía como si el resto del planeta nos hubiera dado la espalda y quedásemos sobre la tierra 9 elegidos para levantarlo de nuevo, más los jóvenes que llevaban ya mes y medio entre aquellos muros. Poco a poco aparecieron caras de sueño y calor envueltas en sacos de dormir desteñidos y polvorientos. Parecían haber sobrevivido al ocaso así que ¿por qué no lo iba a hacer yo? En ese preciso instante desperté de mi desvarío y pensé: “ahora ya no hay marcha atrás”.

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